En mi época de Universidad solía arrancarme a Valparaíso a disfrutar de un buen café, jugo natural y algún pastel rico, ideal para endulzar el día.
Ahora que vivo en Stgo me costó mucho encontrar "aquel espacio" que más allá de recordar mi época de estudiante de Periodismo, me hiciera sentir como en casa.
Pero di con él por fin: Pepperoni, un café ubicado en Plaza Brasil (específicamente en la intersección de Brasil con Amunátegui).
Un ambiente cálido, que a la vista se transforma en un verdadero espectáculo, nos acoge con un cierto toque romanticón.
Lleno de objetos poco convencionales: una juguera - lámpara, un estante construido con madera y ladrillos donde conviven libros, una planta y muchos adornos, murallas pintadas de rojo y sobre ellas escritos, retratos y el clásico menú pizarrón.
Las patas de las mesas son máquinas de coser, las sillas todas distintas se combinan con inmobiliario escolar de los años 60.
En este reino que para un minimalista puede resultar caótico, nos recibe con una taza de té de frutilla que en mejor época es reemplazada por un jugo natural o una cerveza extranjera bien helada, además de una gama de empanadas (churrasco, ostión queso, vegetariana, etc, etc).
Es un lugar entretenido y fascinante, que envuelve la conversación y nos abstrae del tiempo.
Fue aquí donde me escapé anoche de la vorágine con mi amiga Gladys, lo pasamos "regio". Buena conversación, música de Jorge Drexler, un par de tecitos y empanadas.
Suficiente para arreglar el mundo en un par de horas.
Ahora que vivo en Stgo me costó mucho encontrar "aquel espacio" que más allá de recordar mi época de estudiante de Periodismo, me hiciera sentir como en casa.
Pero di con él por fin: Pepperoni, un café ubicado en Plaza Brasil (específicamente en la intersección de Brasil con Amunátegui).
Un ambiente cálido, que a la vista se transforma en un verdadero espectáculo, nos acoge con un cierto toque romanticón.
Lleno de objetos poco convencionales: una juguera - lámpara, un estante construido con madera y ladrillos donde conviven libros, una planta y muchos adornos, murallas pintadas de rojo y sobre ellas escritos, retratos y el clásico menú pizarrón.
Las patas de las mesas son máquinas de coser, las sillas todas distintas se combinan con inmobiliario escolar de los años 60.
En este reino que para un minimalista puede resultar caótico, nos recibe con una taza de té de frutilla que en mejor época es reemplazada por un jugo natural o una cerveza extranjera bien helada, además de una gama de empanadas (churrasco, ostión queso, vegetariana, etc, etc).
Es un lugar entretenido y fascinante, que envuelve la conversación y nos abstrae del tiempo.
Fue aquí donde me escapé anoche de la vorágine con mi amiga Gladys, lo pasamos "regio". Buena conversación, música de Jorge Drexler, un par de tecitos y empanadas.
Suficiente para arreglar el mundo en un par de horas.